miércoles, 7 de febrero de 2007

Por el río

Un mondo dificile, una tierra triste, almas olvidadas, raíces perdidas. El recorrido comienza tempranamente a la mañana, rumbo a “un lugar maravilloso” nos dijeron mientras caminábamos por aquellas calles.
Todo empezó por una historia familiar directa que lo lleva a buscar ese lugar, tan inhóspito y lleno de historias, tristezas, alegrías. Recorriendo durante más de diez años con su cámara en mano, le permitieron juntar un material casi único, y el adentrarse en la cultura hizo que pueda plantearnos la problemática de este lugar y los esfuerzos que hicieron el progresismo, el occidentalismo y la ambición humana para destruir completamente los valores y tradiciones de un pueblo, que era tan feliz y autosuficiente, como lo fueron todos los pueblos originarios, antes de que llegase la mano blanca con espadas, cruces y látigos.
De pronto vamos dejando la ruta de asfalto, guiados por el cartel que nos indica “Iruya 57 km”. Nos habían dicho lo complicado y hasta peligroso que es el camino para llegar hasta las entrañas de este pueblito. Tres horas se demora en llegar… primero pasamos por Iturbe, un pueblito que hace de límite entre Jujuy y Salta, por donde atraviesa un rió que en épocas de lluvia crece –como casi todos los rios…- provocando el aislamiento entre los pobladores, pues los micros y autos tienen la prohibición de circular por estos caminos durante épocas de precipitaciones… Una ruta en medio de las montañas, con un trayecto marcado por las curvas constantes y pronunciadas, con muchas piedras, y muy angosto, apenas si cabe un auto o una camioneta, convirtiendose el camino solo de ida o solo de vuelta, mejor no quedarse en el medio del viaje con dos vehículos enfrentados, pues alguno de ellos tendra que retroceder por varios minutos hasta llegar a encontrar un punto donde pueda dejar pasar al otro auto. Y lentamente el colectivo nos va llevando hacia aquellas tierras de kollas, que durante años y años supieron vivir de sus cultivos, sus creencias, sus tradiciones, sus festividades, sin conocer ni entender lo que era un patrón.
Ulises de la Orden arranca su película-documental "
Rio Arriba
" como autorrefenciando uno de sus viajes de mochilero hacia el N.O.A, tomándose el tren que lo dejará en Tucumán para luego continuar viaje hasta Iruya. Antes de llegar se encontrará con familiares que supieron arrendar el Ingenio de San Isidro, ubicado en Salta, donde se cruzará con los recuerdos de quienes trabajaron en las zafras de azúcar durante los comienzos del siglo veinte, mucho antes de que llegaran las máquinas, artífices del desecho de la mano de obra, y por lo tanto generadora de desempleo, pobreza, destrucción cultural y olvido…
Después de muchas “UUUU`s” bien cerradas, que hacían que el colectivo se desplazara lentamente por esta ruta de ripios, logramos llegar a Iruya. Nos bajamos unos kilómetros antes del pueblito, porque el camino que ayuda a atravesar el río no estaba terminado, y lo estaban reconstruyendo, pues las crecidas del río Iruya, hace que los pasos para los vehículos se vayan destruyendo. Igualmente días después este camino va a estar terminado, por lo que para el regreso ya es posible atravesar el río con el colectivo. Empezamos a caminar… montañas altas por todos lados, el pueblo está construido sobre las montañas, y las calles son pendientes constantes… caminar por Iruya provoca que la respiración sea más acelerada, y el cambio de aire nunca llega, el cansancio en las piernas y los pulmones se generaliza para todos los que no somos del lugar. La altura también es un factor determinante. El coqueo ayuda a parar el cansancio y normalizar el ritmo respiratorio. Todos consumen las hojas de coca, es parte fundamental de la identidad y tradición de las comunidades andinas, pero principalmente es la forma por la cual pueden soportar las adversidades de estar tan alto –mas de tres mil metros de altura- Un cementerio colorido, un mirador bien alto, una cancha de fútbol gris y casi con las medidas reglamentarias!!!. En realidad hay como dos pueblitos, o más bien es uno solo pero cortado por el paso del río. De un lado esta Iruya, y enfrente esta lo que se llama La Banda (“como a todos los pueblos que están atravesados por un río, lo que queda del otro lado se le llama La Banda”, me dijeron). La plaza principal, como todos los pueblos, está marcada por la presencia de una Iglesia –y hay un pesebre aun, pese a que las festividades cristianas ya habían pasado- En esta misma plaza se celebra la fiesta de la Virgen del Rosario. Las calles van todas para arriba (son dos en realidad que hacen de principales), y están las callejuelas que atraviesan estas dos calles.
Obviamente, maravillados quedamos al ver semejante lugar, chico, pocos habitantes, mucha naturaleza, grupo de cóndores vigilando desde las alturas, planeando sobre los picos en busca de comida para sus pichones. Perros y burros caminando por las montañas; ovejas, llamas y vicuñas esperando para cuando sean solicitados sus servicios alimenticios y de abrigo.
La gente es tímida, habla en vos baja, solo gritan los niños que juegan en una cancha de fútbol o los que corren en busca de algún turista recién llegado para ofrecerles lugar donde hospedarse, que a cambio de unas monedas los van llevando hacia las casas de familia que se convierten en hostales, como nos guiaron a nosotros hasta la casa de Sarita, donde nos quedaremos a dormir. Por la noche, unas empanadas hechas con sus propias manos servirán de nuestra cena.
Rió arriba
”, es la película filmada, dirigida y protagonizada por Ulises de la Orden, presentada durante el 2005 justamente en tierras de la quebrada jujeña. Es un documental que recuerda el daño provocado por los ingenios azucareros en las comunidades andinas. Es ver como los kollas tuvieron que dejar sus tierras, y sus formas de cultivo, esclavizándose bajo las órdenes de empresarios capitalistas. Es encontrarse con la verdadera cara de lo que ellos llamaban “el progreso”: la explotación humana, la esclavitud, y por sobre todas las cosas la pérdida cultural de esta comunidad, además de los cambios generados en el ecosistema del lugar.
Pese a todo Iruya sigue resistiendo a los embates del occidentalismo, aunque la población vaya reduciéndose poco a poco. Los jóvenes se van yendo en busca del “progreso”, y los mayores siguen transmitiendo sus conocimientos sobre la cosecha, el cultivo, el tejido, para así tratar de mantener las tradiciones. Están los cachis, que son los guardianes de la cultura, y las fiestas tradicionales que se celebran puntualmente. Esto hace posible que cuando vamos recorriendo las pendientes de Iruya, se sienta el amor que ellos tienen por sus tierras, y pese a que han quedado diezmados en sus fuerzas, la lucha por mantener viva su cultura seguirá siendo más fuerte que cualquier nuevo intento de despojo que les quieran hacer. Inservibles ya como mano de obra barata para la zafra al ser reemplazados por las máquinas, los pobladores de Iruya han tenido que volver a recuperar sus costumbres, y hoy por hoy entre ellos la moneda como fuente de cambio casi que no existe, el trueque de animales y comida es la manera que tienen para comer, para vestirse, y para continuar con sus vidas en lee-bertá…